El pensamiento de Baruch Spinoza tuvo repercusiones escasamente relevadas en la constitución de los imaginarios filosóficos argentinos. Su modo de existir en las interpretaciones argentinas puede rastrearse en registros de lo más heterogéneos. Filósofos, escritores, encumbrados dirigentes políticos, académicos y espacios colectivos de difícil clasificación, de una u otra manera, se vieron conmovidos por la fuerza de sus enunciados. Spinoza fue leído de diferentes maneras y hay tantos spinozas como lectores tuvo. Tal vez allí radica su misteriosa energía. Dos antagonistas han sabido beber de las aguas spinozianas. Uno, Borges, de manera explícita, asumiéndose admirado por haber vislumbrado algo que nunca se sabe exactamente qué es. Una beatitud, que es revelada por una nueva idea de Dios como naturaleza que está en todas las cosas. El otro, Perón, con una cita al pasar (“sentimos, experimentamos que somos eternos”) en el discurso pronunciado en el Congreso de Filosofía de 1949. El filósofo holandés se hace presente en la reflexión peroniana sobre la comunidad y la eternidad, dos tópicos nada ajenos al sistema spinoziano. Borges y Perón, alguna vez reunidos por la pluma imaginativa de David Viñas como parte de un sistema de verticalidades que sustrae las posibilidades de igualdad comunitaria, son convocados por Mariana Gainza, esta vez bajo la sombra del solitario pulidor de lentes que vivía en Amsterdam.